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El legado de Huberto

Crónica / 24 Ago, 2018 /

Por: Laura García

Nota de Antonio Monter: Huberto Batis se significó en el gurú de muchos de nosotros que en los años 80 nos asomábamos al mundo cultural por primera vez. Fue en aquel suplemento “Sábado” del periódico Unomásuno, donde sin duda hallamos la irreverente propuesta informativa y literaria que nos dio patria, memoria, ganas de escritura y código postal… nuestro mambo citadino sonaba en aquellas páginas y nosotros bailábamos gustosos. De allí mi sorpresa, cuando dos décadas después conocí a Laura García en el Taller de Crónica y Cuento que tengo la fortuna de coordinar en el Centro Cultural UNAM Morelia. Ella, amiga entrañable de infancia de una de las hijas de Huberto, anduvo y paseó a sus anchas por los recovecos de la casa del editor, crítico, periodista y escritor. Ahora, con la misma mirada que no ha perdido el asombro, nos relata los significados del legado cultural y humano de Huberto Batis, quien falleció el pasado 22 de agosto en la Ciudad de México a los 83 años. Con el permiso de la autora, Cero60 reproduce esta crónica.

El legado de Huberto

 

Para algunos es un hombre irrespetuoso, rebelde, voluntarioso, autoritario, distante, explosivo, protagonista y  violento.

 

Después de una rápida visita en su casa me despedí de él, lo besé en la frente y puse en ese largo beso todo mi cariño y la convicción de que quizá sería la última vez que lo vería.

 

A principios de los años setenta yo solía ocupar el asiento trasero de su coche cuando algunas veces y con mucha suerte, accedía a llevarme junto con sus dos hijas a pasar el fin de semana en su casa. Él hacía el recorrido de ida y vuelta todos los sábados -y a la inversa los domingos- desde Tlalpan a ciudad Satélite, donde mi querida amiga Ana y su hermana Gaby vivían con su mamá, y yo en la acera de enfrente. Nomás llegar a su casa, Huberto desaparecía en su estudio o en su recámara. Gaby a lo suyo, mientras que Ana y yo en ese entonces de 11 y 12 años, nos dedicábamos a recorrer todos y cada uno de los recovecos. Uno de nuestros sitios favoritos eran los sótanos donde pasábamos horas. Resultaba muy entretenido y lúdico repasar con detenimiento aquellas revistas de viejas encueradas.

 

Para mí, amiga de sus hijas, es un padre comprometido y amoroso.

 

La que construyó como hogar para su esposa y sus dos hijas, originalmente fue un terreno de 450 metros cuadrados en pendiente descendente con escalinatas por toda la casa, de tal forma que una vez traspasada la puerta principal, había que bajar escalones para llegar al hall, más abajo quedaban los sótanos y mirando de frente había que volver a subir para llegar al primer piso donde se encontraba la estancia principal con su chimenea y un jardín interior, cocina y cuarto de lavado y un acceso para el jardín posterior de la casa. En el segundo piso, quedaban las habitaciones con balcones, baños y una terraza, y en el tercero piso le dedicó a la biblioteca/estudio/sala de televisión un espacio de 60 metros cuadrados donde se combinaban libros con obras de arte y otras colecciones, y que al mismo tiempo funcionaba como salón para fiestas.

 

Huberto, quien atinadamente titulara sus memorias en el pasado Confabulario del Universal: “Arquitecto, arqueólogo y albañil”; al paso de los años fue ganando espacio a los patios, jardines y cocheras para convertirlos en estudios, bibliotecas y bodegas. Con su segunda esposa tuvo cinco hijos, así que añadió un piso más a la casa, a manera de departamento independiente para sus ya para entonces adolescentes Ana y Gaby; y cuando ésta última tuvo a bien casarse y multiplicarse, hubo que aumentar otro piso para Ana.

 

Entre vigas apolilladas, pisos de madera que crujen y sótanos húmedos, a lo largo de todos estos años han ido incorporándose de a poco o de mucho y encontrado su hogar,  cientos de miles de publicaciones en la casa ubicada en el centro de Tlalpan. Barda de piedra y gruesa puerta de madera conforman la fachada  que aloja periódicos, revistas, literatura, historia, ciencias, enciclopedias y también, pornografía. Cualquiera que esté dispuesto a zambullirse en las habitaciones repletas de libreros vencidos por el peso, podrá encontrar desde primeras ediciones cotizadísimas, colecciones enteras y muchas veces repetidas, hasta copias de libros que fueron llevados para ser evaluados, criticados, editados, regalados, comprados, donados y hasta robados.

 

Para sus amigos es un apasionado de las letras, sensible y generoso.

 

Libros y toda clase de publicaciones fueron entrando y llenando los espacios en la vivienda. Se fueron acumulando en silencio sin que nadie reparara en su presencia y sin que nadie se atreviera a ordenarlos o siquiera tocarlos, muy probablemente porque su dueño no permitió que nadie nunca se acercara a sus preciados objetos que iba introduciendo como parte de su vida y como resultado de su trabajo.  Una habitación que alguna vez fue recámara, está totalmente abarrotada por anaqueles que soportan libros y revistas en un intento por separar los de literatura mexicana, de los de literatura universal.

Sótanos que cubrían sus desnudas paredes con posters de atractivas mujeres jóvenes y con poca ropa ahora están húmedos y vacíos, solamente sobresalen varias cajas de cartón que se ladean de pesadas y enmohecidas, que contienen cientos de números de la revista de Bellas Artes de los años sesenta, de cuando Agustín Yáñez era secretario de Educación Pública. En otro rincón hay varias pilas del suplemento sábado del Unomásuno, en ambas publicaciones fue director.

 

Una de las áreas mayormente clasificadas es la antigua cochera. Sobre burdas repisas descansan publicaciones como “Revista de Revistas”, “Bucareli”, “Proceso”, “Letras Libres”, “La Gaceta”, “Cambio”, “Vuelta”, “Times”, “Newsweek” y “Etcétera”, entre copias de sus “Flecha en el aire”, “Flecha en el arco”, “Flecha en el blanco” y “Flecha extraviada”, publicadas en 2006.

 

Sala, comedor, recámaras, estudio y pasillos habitables cuentan irremediablemente  con sus respectivos libreros. Algunos cubren paredes enteras, otros hechos últimamente a la medida aprovechando huecos en los muros para separar colecciones completas de Carlos Fuentes y otros autores mexicanos.

 

Para sus alumnos:

 

Pura López Colomé – Huberto “es un hombre crítico y congruente que no admite la menor autocomplacencia y te da libertad total para escribir”.

 

Ignacio Padilla – Huberto es “un ser con coraza de endemoniado, pero adentro una sabiduría desmedida”.

 

En la recámara principal, la de Huberto, han permanecido por años los que considera quizá sus autores favoritos: Juan García Ponce, Sergio Galindo, Ortega y Gasset, Roberto Vallarino, Vladimir Nabokob, Vicente Quirarte entre muchos más. Títulos como “Los cuentos del buen Dios”, “Drácula”, “Engendros de la muerte”, “La avenida de los sauces”, “Zarabanda con perros amarillos”, “Los días”, “El indomable”, “El burlador de Sevilla”, “The genius and the goddess”…

 

Una biblioteca que ya hace tiempo que no es suficiente, que ha pasado por dos ampliaciones y que de todos los espacios es el más caótico, con estantes atiborrados y otros más vacíos, venidos abajo por el peso y recostados en la pared de enfrente con todo su contenido esparcido por el piso junto con libros, libros y más libros.

 

Quienes formaron parte y habitaron esta residencia se han ido de a poco, a hacer sus vidas, a otras ciudades, a otros países y a otros mundos. El mismo Huberto la abandonó con su tercera esposa hace más de una década llevando consigo escasas pertenencias. Dejó a Gaby, la mayor de sus hijas, resguardando la casa con todo su contenido y  con la consigna de que no podría salir nada sin su consentimiento, incluidas todas sus letras. Ella, que como todos, sintió la necesidad de salir de la casa paterna para echar raíces en otro lado, también lo hizo en su momento; cuando regresó fue para quedarse. Hoy la comparte con Boris y Natasha, sus dos inseparables gatos; con su soledad, sus recuerdos, y un gran esfuerzo por permanecer y seguir perteneciendo.

 

Su discípulo Guillermo Fadanelli escribe: “Fue Huberto Batis quien me arropó en esta época de absoluta vehemencia y a quien le debo no haberme quedado en la orilla antes de tiempo. Su temperamento abrupto y su pasión por la literatura se contagian como un virus revelador que empuja a los jóvenes a transgredir todas las reglas. Eso sí que es una mina de oro para cualquier escritor que comienza: estar cerca de un hombre que insiste en mantenerse siempre en pie de guerra.”

 

Huberto y sus libros han estado siempre ligados, son parte de su esencia. Sin embargo el significado que tienen para él nadie más lo comparte. Con fibrosis pulmonar y síndrome parkinsoniano, a sus 82 años está postrado en su cama. Ya no puede visitar la casa de Matamoros. Para él, como para cualquier amante de las letras, su casa encierra un tesoro invaluable pero que nadie, probablemente ni siquiera su dueño, sabe exactamente la cantidad de todo su contenido.

 

Días atrás visité la casa que me ha abierto sus puertas decenas de veces. Pude recrearme nuevamente con el olor a madera de los pisos que soportan muebles fuertes y añosos. Personalmente me encanta fisgonear dentro de habitaciones cerradas, asomarme y sentir siquiera el aroma de las páginas impresas; regalarme el placer de caminar (aunque muchas veces cuidando los pasos para no tropezar con algún ejemplar) entre tantos colores, tamaños, diseños y formatos. Deseando que permanezcan ahí para siempre.

Abrumada, Gaby me explicó todo el trabajo que ha hecho y que se nota poco, de ir separando, organizando y clasificando. Hace una pausa y me pregunta si sé quién es Alí Chumacero, asiento con la cabeza y me dice que hace algunos años, su hijo les recomendó a ella y a Huberto, que armaran una biblioteca. Gaby se llena de incertidumbre al pensar la manera, el tiempo y la ayuda para tan exigente tarea. Lo que más le fatiga es la responsabilidad sobre el patrimonio y el trabajo acumulado que sabe que tendrá que realizar.

 

Para su discípulo y colega Enrique Serna: Huberto Batis ha sido el agitador más inteligente de la vida cultural mexicana… Su trayectoria es diametralmente opuesta a la de los intelectuales dóciles y acomodados… se ha dado el lujo de rechazar los puestos más tentadores del aparato cultural… Indisciplinado hasta la grosería, incapaz de moderarse ante nadie… Ensayista, investigador, crítico literario y denodado pornógrafo sabe tocar todos los instrumentos de las orquestas editoriales que ha dirigido… Apadrinó a toda una generación de ensayistas.  Con una paciencia infinita para detectar chispazos de inteligencia entre las torpezas del escritor primerizo, ha remediado en gran medida las omisiones y los descuidos de sus colegas, resignándose a que otras publicaciones recojan los frutos sembrados por él…”

 

Abundan las ideas para que permanezca la casa intacta: ¿Por qué no la conviertes en un hostal? ¿Por qué no abres una biblioteca al público? ¿Una librería de viejo?  ¿Por qué no haces un centro cultural? ¿Una casa de asistencia? ¿Un centro integral? Sin descartar ninguna de ellas, pero sin mostrar tampoco mucho entusiasmo por alguna, mi anfitriona, la hermana mayor de aquella con la que vagaba felizmente por los sótanos de la casa, se pregunta cómo es que un legado de ese tamaño puede abarcar tantos y tan diversos sabores.

 

Es lunes por la mañana, leo aprisa las últimas veintitrés  páginas de La Muerte de Artemio Cruz para  regresarlo a su lugar antes de partir de la casa de Huberto. Gaby insiste en que puedo llevar el libro conmigo.

 

-Si supieras cuántos libros he ido regalando- me dice, y entonces nos despedimos.

 

 

 

 

 

 

Laura García

22 de agosto de 2017