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Ricardo Garibay

Crónica / 07 Feb, 2019 /

Por: Antonio Monter

Ricardo, don Ricardo, el irascible Ricardo o el maestro Ricardo. El escritor que recopiló desde su impecable oído, la gesticulación verbal del habla cotidiana. Diálogos fotografiados en palabras para configurar personajes de hueso y carne, ya desde la ficción transfigurada en realidad, o desde la realidad que insiste en parecer ficticia.

Singular por sus ásperos modos, Garibay sacaba los guantes de erudito boxeador a la primera provocación, y, desde su intelectual cuadrilátero, desafiaba a las mafias culturales como fajador perpetuo.

Lo descubrí mientras husmeaba yo en una librería de libros viejos y no tanto: Fiera infancia y otros años me hizo un guiño, portada azul, edición Conaculta. Eché un vistazo: entre sus páginas abrí de súbito la infancia de un niño en el complejo monstruoso de la ciudad de México.

Fui secuestrado por su prosa de alta precisión, facturada con ánimos del que lo mira todo desde el significado lapidario de existir. Simple y llano, sí, con la maestría de quien describe con pulcritud andanzas, filias y fobias, temores intensos… aquel que con baumanómetro le toma la presión arterial a la vivencia.

“¿Qué somos nosotros, qué es nuestro carácter sino la condensación de la historia que hemos vivido de nuestro nacimiento, antes de nuestro nacimiento incluso, dado que llevamos con nosotros disposiciones prenatales? Sin duda, no pensamos mas que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero con nuestro pasado todo entero, incluida nuestra curvatura de alma original, es como deseamos, queremos, actuamos.”

Sí, la fiera infancia extraída desde los intestinos, tiempo donde uno comienza a cobrar conciencia. Cuando se mide el infinito por los significados del entorno más próximo, pies en la tierra, asombro desde el sillón del peluquero, desde el bistec aplanado en la carnicería, desde la fila de las tortillas, el parque con volantines o a la mesa de la merienda con leche bronca recién hervida.

“Y hay un momento en que se dice: bien, de acuerdo, no puedo remediarlo, terminaré, sin más, ni modo; pero Dios mío todavía no, si acabo de comenzar, la infancia que cuento, aún la traigo montada en los hombros, aún sisea el aireo que me dejaron al pasar las mujeres de mis veinte años; aún no consigo una página imperecedera; aún no me explico ninguno de los misterios con que me he tropezado; aún no llega el momento en que pueda yo decir: por un momento, al fin, he estado de acuerdo conmigo, enteramente de acuerdo conmigo.”

Ricardo Garibay configuró y dio forma, sentido, a este lector que soy. Si me pienso escritor es porque en mis letras habita eco alguno de las suyas. Influencia iniciática. Lejos de una posible imitación que exigiría fumar cigarro tras cigarro y fumada tras fumada consolidar la novela certera y sustancial como La casa que arde de noche, donde las habitaciones están dispuestas para la finanza o la lujuria;

“Rumbo al río Bravo, en el mar de mezquites enanos, junto al camino angosto que casi nadie transita, se alza una casa de dos pisos de madera, agobiada de portales, corredores, aleros, ventanas y barandales y un mirador de techo de dos aguas tan delgado que tiembla con el viento. Desde lejos sobresale blanca, solitaria, casi aérea contra el horizonte montaraz; de cerca se ve sólida y parda de tiempo y polvo. Después del portal se tiene la sensación de estar entrando quién sabe dónde, en otra casa, lejos de los esbeltos pilares de madera y del sol brillante y altísimo del desierto, que han quedado a la espalda, al alcance de la mano. El espacio se vuelve oscuro, estrecho y bajo, invadido de puertas, ventanucos, pasillos, escaleras que crujen. Los dos pisos de afuera se convierten en cuatro o más aquí adentro, como si hubieran venido improvisando entre pisos para satisfacer urgencias que procrean guaridas y desniveles. Cada puerta da a un cuarto, cada cuarto es enteramente independiente y tiene un nombre pintado en la puerta. Algunos nombres están desleídos, otros parecen recién pintados sobre la madera raspada con lija, o se ven encima de otros todavía legibles. Y pasillos a derecha, a izquierda, cortos y largos, estrechísimos, y escaleras, escaleras de escalones altos, escaleras de escalones pequeños, escaleras razonables y escaleras que desembocan en ventanas clausuradas o en puertas que se abren al vacío o en otras escaleras que van a dar a rincones o a muros de madera nueva; y luego, alguna que se antoja interminable, hacia arriba, como pozo que la silenciosa claridad del mirador alumbra apenas. Un olor mojado se apelmaza en los rincones innumerables, un olor rancio y frío, como costra de quejumbres, y un sabor a vómito, a entrañas, dulzón y ácido.”

O la crónica implacable como De lujo y hambre, descripción de la miseria cruel, realidad terca donde miles de mexicanos a diario son literalmente tirados a la basura;

“Suben y bajan, emergen y desaparecen, meditan sopesando hallazgos, se abisman ante una olla de peltre sin fondo, limpian y peinan un pedazo de muñeca, huelen, mordiscan, lamen, apartan, espulgan, se hunden hasta la cintura de pronto los pepenadores Están aquí ¿a qué horas llegaron? aquí estaban, seguro; brotaron de la carroña pues tienen el mismo negror y apestan lo mismo, y tienes que esforzarte para adivinarlos por docenas trepando y barranqueando. Andan armados de bolsas y costales y ganchos o varillas, a las mentadas con los niños, niños precoces pepenadores, hay que ganarse la vida y mejor que sea temprano, a qué hora se va a la basura, cabrón güevón ¿qué va a tragar de gorra?, pues ya voy, pus ya voy, niños que se les cruzan y se les adelantan y les ganan las viandas del banquete.”

o, Las glorias del gran Púas, geografía verbal a ras de conversación cantinera con un boxeador de barrio dispuesto a inventar su biografía en el instante mismo de vivirla.

“Sísifo casi de veras, inagotable casi, Rubén Olivares emprendía esa noche una nueva ascensión, a cuestas su fardo de mujeres, de alcohol de mariguana, de parásitos, de coca, de vagancia, de tedio, de impaciencia, de desamor, de anarquía, de nota roja, carnitas y totopos y fatalismos y resignaciones y prodigiosas facultades naturales para el arte de desmadrarse entre las doce cuerdas.

– ¿Cuánto tiempo más de este tren? – le pregunté dos semanas después en México.

– Ps lo que dure -dijo empujándose el tercer farolazo del día, poniéndole con fe a los de moronga. Eran las once a.m.

– ¿Y luego ?

– Ps luego ya nos preocuparemos de a ver qué ¿no crees? ¡Pero acábatela, no la platiques! Y qué vamos a hacer, a dónde vamos de aquí o qué vamos a hacer o qué. ¿Ya te la acabaste? Señor, aquí lo mismo por favor.

– ¿Lo mismo, Rubencito? Cómo de que no. ¿No quieres chicharroncito, Rubencito? En verde, va saliendo orita, te va gustar, regalo de la casa, mi Rubén.

– No señor, muchas gracias, nomás bebidas por favor.

– Ora mismo, Rubencito. Qué buenos chingadazos le acomodaste al chale ese, pa que se le quite ¿no mi Rubén?

– Es un boxeador como yo, señor, de eso vivimos.

Eso es rasgo saliente del Púas. No acepta familiaridad que no pida él mismo.”

Ricardo Garibay, el malquerido por la mafia cultural y sus especímenes regocijados al calor de las becas: “Donde vea una mafia, cáguese en ella”.

Ricardo Garibay, el que aseguraba no corregir ninguna de sus líneas porque antes de sentarse frente a la olivetti escribía cada palabra en su cabeza.

Ricardo Garibay, del que aprendí el significado de “mostrenco”, jab que recetaba a los que carecen de lectura.

Ricardo Garibay, con el que conversé por teléfono alguna vez y me preguntó si yo pretendía dedicarme a escribir, para después de un largo silencio, espetarme: primero lea hasta que los ojos le sangren.

Algunos personajes cercanos dicen que fue un viejo iracundo, otros en cambio, como Vicente Leñero, aseguraba que al trato era de lo más tierno. Escritor de una pieza y de suculentas obras: Triste Domingo, Beber un Caliz, Verde Mayra, Par de Reyes, Acapulco, Treinta y cinco mujeres… Ricardo Garibay, posteridad en doce tomos reunida en su obra completa, no para el coleccionista con pose de petulante sabiondo ni para el académico ensayista que extrae sesudas interpretaciones. La herencia de Garibay por fortuna es para el común de los lectores, para el sincero asombro de quienes se acercan a leerlo como si se mirara el mundo a través de un calidoscopio.